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Seis motivos para introducir la educación emocional en el aula

Delivering Happiness at School | 14 junio, 2017

Desde que, hace poco más de veinte años, se empezó a usar y se popularizó el término «inteligencia emocional», de la mano de Daniel Goleman, la idea de introducir el tratamiento de las emociones en los centros educativos está cada vez más presente. No significa eso que antes no tuviera lugar en las aulas, pero sí es cierto que ha ido adquiriendo una importancia creciente en los últimos años.

Y no es en balde, pues los años de escolarización representan momentos clave para el desarrollo de las emociones para los alumnos. Es entonces cuando, desde el ámbito educativo y también desde otros entornos sociales, adquiere especial relevancia atender ese aspecto. Y no solo hablamos de alumnos, pues disponer de docentes emocionalmente competentes o contar con clases fundadas sobre principios de educación emocional resulta tanto o más necesario.

Piensa, si no estás convencido aún, en las virtudes que asocias a los buenos docentes que han marcado tu trayectoria escolar. Quizás sí recuerdes que tenías un buen profesor de lengua, o buena maestra de ciencias, pero más que por la calidad del contenido o de la docencia, seguramente recordarás la cercanía con la que te trataba, el pequeño detalle que tuvo contigo, el buen ambiente que generaba en el aula… Aspectos, todos ellos, de carácter social o emocional.

Por esto, y por los motivos que a continuación enumeramos, te animamos a que te animes a introducir, de forma sistemática, la inteligencia emocional en el aula.

  • Conocer mejor las emociones propias. Una vez los alumnos son capaces de detenerse, mirar a su interior e identificar sus emociones, pueden aprender a gestionarlas de la mejor forma posible. No se trata de un proceso sencillo ni rápido (¡nadie dijo que así fuera!), pero sus beneficios son destacables.
  • Empatizar con emociones ajenas. Comprender al «otro» es la base de una buena comunicación y de una fluida relación interpersonal, por lo que aprender a comprender emociones de compañeros o maestros representa un buen ejercicio para poder establecer relaciones de calidad con ellos.
  • Sentirse mejor con uno mismo. El simple hecho de poner palabras o de comprender las propias emociones, así como las de los demás, genera sensación de bienestar y provoca una actitud positiva y optimista hacia el día a día y con la vida. Mejora la autoestima de los alumnos y ayuda, además, a evitar conflictos propios de la edad.
  • Afrontar dificultades. El autoconocimiento a través de las emociones permite a los alumnos tomar consciencia de sus virtudes y defectos y les proporciona herramientas para poder hacer frente a situaciones adversas personales o relacionales. Disponer de una práctica habitual de gestión emocional permite, además, tolerar frustraciones y sentimientos adversos.
  • Gestionar conflictos con éxito. La suma de los puntos anteriores nos lleva, sin duda, a un mejor conocimiento mutuo y a una mejor gestión de los conflictos que, naturalmente, surgen en aulas y espacios educativos. El hecho de disponer de herramientas tanto personales como a nivel grupal ayuda a encauzar desavenencias de forma estructurada y teniendo en cuenta las sensibilidades de todas las partes. Solo así pueden alcanzarse acuerdos sólidos que resuelvan las inquietudes de todas las partes.
  • Mejorar el aprendizaje. Aprender más y mejor: este es el motivo más recurrente para introducir la educación emocional en las aulas. Y no por se el último es menos importante. Al fin y al cabo, a más bienestar y mejor gestión personal, mejor aprendizaje. Y cualquier elemento en el engranaje educativo que provoque un contexto, un cojín, en el que los alumnos puedan mejorar y aprender más, bienvenido sea.

La escuela, pues, es un actor importante donde es es necesario introducir actividades, dinámicas y/o programas específicos dedicados a introducir las emociones en el aula. ¿Te animas?

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