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No, no es solo la tecnología

Delivering Happiness at School | 17 diciembre, 2017

En el artículo anterior reflexionábamos acerca de la innovación educativa. ¿Por qué muchas escuelas
están innovando, pero no todas lo hacen con éxito? La respuesta fue clara: aplican a nuevos retos
recetas caducas.

Cuando hablamos de innovación, es habitual que invadan nuestro imaginario móviles, tabletas,
pizarras digitales y artilugios tecnológicos. Pero, ¿y si la innovación no tratara de eso? ¿O, por lo
menos, solo de eso? Sería arriesgado e imprudente dejar de lado la tecnología en cualquier proceso
innovador hoy en día, pues muchos de los aspectos de cambio educativo se han precipitado por las
características de una nueva sociedad moldeada por tecnologías. Estas, a su vez, generan nuevas
dinámicas sociales, económicas, culturales y, claro está, educativas. Pero igual de imprudente sería
tratar de comprender el momento de cambio educativo que estamos viviendo solamente en términos
tecnológicos.

En primer lugar, la cuestión tecnológica es de primer orden en nuestro contexto, más en unos centros
que en otros. Pero una mirada más amplia y más social nos obliga a observar cómo en centros donde
hay alumnos sin las necesidades básicas cubiertas, o en centros con gran absentismo escolar, o sin
acceso a internet, la innovación pasa por encontrar nuevas formas de resolver esos problemas.

Entonces, ¿y si la tecnología fuera, más que un fin, un medio? ¿Y si, mediante la tecnología,
pudiésemos conseguir alumnos más empáticos? ¿Y si, utilizando plataformas virtuales colaborativas,
consiguiésemos alumnos más generosos y participativos? Quizás enfocando la luna y no el dedo
puedan empezarse a vislumbrar ventajas de esos pequeños dispositivos que son ya inseparables tanto
para adultos como para alumnos.

Lo comentábamos en el último artículo: seguimos aplicando recetas caducas a nuevos retos. La
sociedad líquida de Bauman en la que vivimos nos obliga a adecuarnos a nuevos tiempos, a dinámicas
líquidas, efímeras. Pero no por ello se debe dejar de lado la esencia de la educación. Y aquí se nos
plantea el nuevo debate: ¿la tecnología, para qué? ¿Para qué educamos hoy en día? ¿Cuál es el
objetivo de la educación? Quizás la tecnología nos devuelva al origen de todo, al replanteamiento del
hecho educativo como tal, al significado de la escuela como institución y a escribir nuevas
definiciones para nuevos tiempos. Y eso no puede recibirse más que como algo positivo.

Y es positivo porque nos permite pensar qué necesitan los adultos de mañana, que son los niños de
hoy. Nos permite cuestionar el planteamiento tecnocéntrico que se atribuye al futuro de la
educación, reorientar el enfoque competencial del currículum escolar, poner de nuevo al alumno en
el centro del proceso educativo para preguntarnos, una vez más: ¿qué necesita?

Y, del mismo modo, volver a mirar hacia uno mismo y pensar también qué precisan los maestros y
maestras para llevar a cabo una educación responsable y adecuada a nuestros tiempos. Y girar
también la cabeza hacia la institución educativa para redefinir su función, establecer nuevas
dinámicas y procedimientos.

Sí, quizás no sea la tecnología. Quizás seamos las personas. Los alumnos. Los docentes. Pero quizás la
tecnología pueda ayudarnos a comunicarnos, a relacionarnos y a disponer de herramientas para
conseguir crear mejores condiciones para aprender a aprender y para aprender a ser.

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