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«El niño de la última fila» (2)

Delivering Happiness at School | 15 diciembre, 2016

¿Te acuerdas del cuento del niño de la última fila?

Empezaba así…

«Sí. El que me mira, cabizbajo, pero no me ve. El que tiene un rostro que mezcla seriedad e indiferencia. El que balancea las piernas mientras hablo pero no consigue escucharme. […] El niño de la última fila no aprende. Con ritmo pausado, acaba sus tareas sin más intención que la de archivarlas. No sabe de motivación y tampoco de interés. Progresa a pasos lentos sin pasión ni objetivo. Dicen que los maestros no debemos llenar cerebros sino prender luces. Pues nadie prendió aún la luz del niño de la última fila. […]»

Y así es como continúa…

«Alguien se fijó, un día, en el niño de la última fila. Sí, en ese que poco hablaba, que sin pena ni gloria acudía a clase cada día. Un día, saliendo al patio, alguien vio que nadie le invitaba a salir. Nadie le ofrecía incorporarse al juego. No parecía encajar en el grupo, no parecía tener con qué ni con quién distraerse mientras el resto, a gritos y con gran movimiento, agotaban cada segundo del recreo.

Alguien se paró unos segundos y pensó. Lo miró. No lo entendió y volvió al juego, a clase, a la lectura, a las multiplicaciones, a las prisas y al timbre que anuncia que se acabó la jornada.

Al día siguiente, alguien se fijó de nuevo en él. Pensó y lo miró. Le costó, pero, de repente, vio en él algo que le despertó la curiosidad. Le habló, le preguntó y pensó. De repente, le entendió. Entendió su silencio, su distancia, su ausencia. Supo de él, de sus gustos y aficiones, de su vida, de su familia y de su perro. ¡Qué sencillo! Ese niño requería tiempo, espacio, atención. Y, descubierto esto, tenía tantas cosas a explicar, tantas aficiones por compartir y tanto por dar, que él y ese alguien que se fijó en él conrearon ese día una amistad que fue creciendo día a día.

El que se fijó en el niño de la última fila había aprendido muchas cosas en la escuela y en su corta vida. Había aprendido esa cosa llamada empatía, había aprendido a ver más allá y a ver a todo el mundo. A cuidar a personas, a atender cada necesidad y a dar lo mejor de sí mismo para llegar a los otros. A acompañar, a entender pero, sobre todo, a observar y a sentir. Y con ello ganó una amistad con la que fue muy, muy feliz compartiendo momentos.»

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